martes, 24 de marzo de 2015

Reflexiones de una olla de polenta



Hoy tuve uno de esos raros momentos en mi vida en donde la falta de obligaciones me permite llagar demasiado lejos con mis pensamientos y, allá bien lejos, encontré una serie de ideas que últimamente se vienen repitiendo mucho en mi cabeza, lo cual para mi es sinónimo de “confirmación” de cada concepto, al menos una confirmación parcial que depende de la madurez que tienen estas ideas y de que tan estudiadas están dentro de mi mente… es decir, 2+2=5 (o cualquier otro resultado) hasta que realmente estemos listos para entender que es 4, por lo menos en el ambiente de los números reales ;-). A su vez 2x2 también es 4, "la repetición del resultado reafirma la creencia en el mismo”. No es una regla universal… y noten que hablo de reafirmar la creencia, no que lo hace correcto.

Por suerte para mí estas ideas tienen que ver con mi estado de ánimo y mi felicidad o incluso yendo un poco más allá, tienen que ver con el concepto que hoy tengo de la felicidad, para resumir esta idea, diría que hoy por hoy la felicidad para mi es ni más ni menos que conformismo, pero no un conformismo de “bueno, al menos sigo vivo y espero seguir estándolo la próxima vez que piense esto”, si no uno que me permite, en cada acierto o fracaso tratar de encontrar el lado bueno, sin que la cosa sea siempre un cuadro pintado de rosa. No, tampoco.

Aprendí, o creo que aprendí, a marearme menos con los nudos y buscar un camino más directo entre el inicio y el desenlace de las cosas, obviamente la práctica siempre supera a la teoría y a veces termino hecho una bolita en la cama pidiendo por mamá y papá, pero esto no quita que cada uno de ustedes, pueda leer un poco de esto y tratar de aplicarlo a su manera. Lo que sí, y hasta a mi me sorprende, llevo bastante tiempo sin considerarme hundido en un pozo de interrogantes que no me dejan salir adelante… si, suena a superado… pero la idea de compartir esto con uds es otra.

Iba a hacer un recuento de los pensamientos que tuve hoy mientras cuchareaba una olla de polenta, pero me entusiasmé con esto… será en otra oportunidad.

Volviendo sobre esto del camino directo entre principio y fin (problema y solución digamos), en alguna otra entrada les di el ejemplo de que, cuando sienten frio, no dudan de ir a buscar un abrigo, a menos claro, que el frio sea superado por la “dificultad” que implica abrigarse, pero ya sea que se abriguen o decidan que requiere demasiado esfuerzo hacerlo, el frio dejará de ser un problema. Pero esto es fácil de notar en una situación tan trivial como dejar de pasar frio, realmente nadie sufre por algo como eso (en condiciones de vida normales, claro), pero quiero hacerlos extrapolar el concepto de que en la mayoría de las oportunidades tenemos todo para resolver nuestros problemas y la solución solo está sujeta a querer resolverlos.

Ampliando un poco la idea, tomo otro ejemplo, este no es mío si no que lo escuché de otra persona que se dedica exclusivamente a viajar por el mundo para hablar de estas cosas, por supuesto, su experiencia de vida hace que uno lo escuche y diga: “rayos… si él es feliz así, porque yo no puedo serlo” pero no viene al caso. Esta persona, muy coherentemente en mi opinión, plantea el caso de que en casa suena el teléfono, que está a cierta distancia de nosotros, y naturalmente decidimos ir a contestar (o no, pero esa es otra cuestión) pese a que contestar requiera dar “x” cantidad de pasos hacia el teléfono, no importa, los damos y llegamos al objetivo y atendemos la llamada, pues entonces ¿Por qué no observamos cada problema de nuestra vida, como una llamada telefónica? El problema suena allá lejos, o quizás no tanto, sabemos que para que deje de sonar se requiere dirigirnos hacia él, enfrentarlo, cada paso hacia el teléfono es un problema más pequeño que complica la solución general o es la madurez que necesitamos adquirir para aplacar el incesante “Ring! Ring!” que carcome nuestras almas de una vez por todas, nadie vuela para atender el teléfono, nadie atraviesa las paredes tomando atajos, los que pueden o lo creen necesario corren, pero sea como sea maduran esa distancia que los separa de contestar la llamada a menos que la llamada no le interese en absoluto (aun en la ignorancia de quien llama) en cuyo caso el problema realmente no existe tampoco. Nadie sufre por una llamada que decide ignorar… y aprovecho para citar a un profesor de matemáticas de mi época en el secundario (probablemente la frase tampoco fuera de su autoría pero no importa): “un problema tiene su solución y se resuelve, o no tiene solución y entonces tampoco es un problema”.

Concluyendo, si todos nuestros problemas tienen solución (caso contrario no tiene sentido preocuparse) entonces podemos resolverlos, y si podemos resolver todas nuestras angustias, entonces podemos ser felices. Todavía más, si asumimos cada pequeño logro como un pequeño problema resuelto y al mismo tiempo un paso más hacia contestar la llamada de la vida podemos vivir alcanzando objetivos y en cada meta celebrar un pequeño triunfo y en cada cucharada de polenta… digo, en cada celebración de un pequeño, tal vez ínfimo triunfo, encontrar un poquito de esa felicidad que siempre nos empeñamos en perseguir, en soñar, en lugar de abrazar, sentir.

Para su suerte, se me acabó la polenta. La felicidad llama por teléfono, ¿Van a contestar? ;-).

REL

domingo, 22 de marzo de 2015

Y vos ¿Quién sos?



                La verdad es que al momento de sentarme a escribir, tenía intenciones muy claras para hacerlo sobre determinado tópico, pero inmediatamente sentí la necesidad de antes, inventar y adjudicarme una licencia. Aquí va:

                Me encanta racionalizar las cosas, pensarlas, calcularlas, y no les voy a mentir, modestia aparte, a veces hasta siento que tengo habilidad para hacerlo. Esto ocasiona que rara vez descubra cuales son las situaciones en las que la gente solo me está contando algo y no espera respuesta alguna de mi parte, ergo, más de una vez termino dando un consejo que nadie espera y que mayormente es agarrado con pinzas y bajo el contrataque de: “y vos ¿Quién sos?”. Ante esto mi mejor defensa es que a lo sumo, mi opinión es un punto de vista que merece o no, ser evaluado. Y realmente no creo que haga falta otra defensa. Pero como no se callarme, estoy aquí para improvisarla.

                Primero que nada, ¿Porqué nos aferramos tanto a esa idea de que, un consejo no pedido es algo malo, o aún más, que quien da el consejo tiene que tener un título en la materia en cuestión? No creo que haya malos consejos, a lo sumo, hay consejos “obviables”, así como en un análisis hay puntos de vista que son obsoletos (que no llegan a nada), o en una partida de ajedrez hay movimientos de espera. A lo sumo no nos molestan los consejos como tales, sino el mismo hecho de que la otra persona cree -o nosotros creemos que cree- tener la superioridad suficiente sobre nosotros para darnos un consejo paternal/maternal/hermano-mayor-al (¿?). Y entramos en el otro punto, estudiamos el “rango” de la otra persona en el tema para decidir que carácter tiene el consejo entre verdadero o falso, útil o inútil. En resumen, entiendo a quienes me tachan de entrometido, pero creo que se debe a que no piensan que dos cabezas piensan mejor que una sola y que decisiones “más pensadas” son decisiones que no se si decirles “mejor tomadas” pero si serán seguramente decisiones de las que nos costará mas arrepentirnos. En cuanto al otro punto, encontrar la verdad nunca es una cuestión de quien gana o pierde y en lo que a mi respecta, no existen los malos profesores (como los malos consejos), porque hasta del peor se aprende. Entonces la próxima vez que yo suba algo a mi blog, o que alguien les de un consejo que no pidieron, respiren profundo, cuenten hasta diez, piensen en esto y analicen si lo que se dijo tiene sentido o no, o yendo un poco más allá, si tiene utilidad o no.

                Otro mito típico a la hora de desestimar consejos (a esta altura podríamos redondear “consejos” en una bolsa gigante bajo la etiqueta de “opiniones”) y que está un poco relacionado con esto del rango de quien da el consejo, o quien opina, es creer que las circunstancias que forjaron o no a la persona que opina dan validez a la opinión misma, por ejemplo: pareciera que una persona exitosa no puede opinar sobre adversidad, un rico no puede hablar de pobreza, alguien vivo sobre la muerte… o viceversa, excepto en el último caso claro, los muertos no hablan. Y en parte puede que el concepto no este netamente errado, se puede cuestionar la opinión que tiene un pintor sobre la teoría de la relatividad, pero de chico tuve un profesor que nos enseñó a no negar rotundamente los dichos de otro compañero, a no hilar nuestras propias opiniones detrás de un “estas equivocado”, o simplemente un “¡No! La cosa es así…” y creo que él tenía mucha razón y yo tuve mucha suerte de que sea mi profesor. Si vamos a esperar a que la persona “justa” nos de un consejo, nunca vamos a hacer caso de lo que alguien nos diga.
  
                Pueden practicar ahora mismo, si mi publicación los irrita o les parece que solo soy un pibe que abusa de la fragilidad de internet y la libertad de expresión, vamos mal jaja ;-). Por otra parte, ¿Qué hacen aquí leyendo entonces? Casi que les pido un favor, reflexionen, sean analíticos, no piensen todo como una discusión que ganar (a menos que realmente sea eso) si no como una búsqueda de la verdad, del movimiento más conveniente. Bajemos un poquito la guardia del orgullo y empecemos a creer que los amigos, para bien o para mal, están para dar consejos, buenos y malos por igual, útiles o inútiles hasta que ustedes decidan qué hacer con ellos, y aun así, ni nuestros amigos ni sus consejos estarán de más. Y no abracen esta idea de que el otro no nos entiende, no siente lo que sentimos, no vivió lo que vivimos y que habla por hablar, no como puerta de escape al menos, porque nunca sabemos de dónde puede venir un buen consejo, una buena idea o la mala idea que nos ayude a llegar a la buena o simplemtne, la ayuda que necesitamos.

REL