Como muchas veces a lo largo de estos últimos años me
vinieron unas repentinas ganas de escribir sin tener bien en claro que quiero
decir… ¡la pucha! Perdí en cierta forma esa capacidad de ir escribiendo en mi cabeza lo que días, semanas después sería una nueva entrada.
Pero bueno, para escritores malos, redactores de clichés y
filósofos de dos pesos está internet ¿O no? Jeje.
Estos días he tratado de macerarme (como pollo en un caldo de provenzal ¿?) en la idea de que solo
soy yo. Es decir, no puedo ser todos los Ramiro que fantaseo que los demás quieren
que sea, por dos -muy grandes- motivos:
- El Ramiro que creo que los demás esperan ver en mí, no necesariamente existe… es un invento mío sobre un potencial invento de los demás… no lo conozco (aunque quizás sea una buena persona =P).
- ¿Para qué quiero ser todas esas personas a la vez? ¿Para que someterme al agotamiento infinito de satisfacer a todos si por sobre todas las cosas, no termino satisfecho yo?
En algún punto se me hace evidente que si tengo que hacer algo
para complacer a una persona, automáticamente dejaré de complacer a otra,
incluyéndome. Quiero decir, si hay un grupo selecto, diferenciado para el cual
debo actuar de una manera, por definición (dirían mis profes de matemática) hay
un “NOgrupo” de personas al que esta actuación no convence o ni siquiera le
interesa. Viéndolo así, ¿qué sentido tiene? Exacto… ninguno. A menos… que uno
disfrute de lo que hace por uno o por otro. La clave pareciera ser diferenciar
cuando hago cosas por los demás por mí y cuando estoy persiguiendo a este
Ramiro fantasma con el que me paranoiqueo que todos hablan y todos adorarían.
Separar, las cosas que hago por ser solo yo, que me gustan y
que al mismo tiempo parecieran hacer algún bien a alguien que me interesa y las
que hago porque parece que una cadena cultural de ADN, una catarata de historia (repeticiones de repeticiones) de la sociedad -al menos en mi imaginación- me impone.
Aprovecho para citar a Wayne Dyer, en su libro el cielo es el límite:
Nunca he visto un perro al que le resultase difícil aceptarse como perro; y, además, como exactamente el tipo de perro que es. Jamás he visto a un cachorro de pastor alemán intentando parecer un galgo de tres años. Nunca vi que un perro se considerase torpe ladrando o se deprimiese porque el perro de al lado ladraba mejor que él. Un perro nunca se matriculará en una escuela de perros para aprender a ladrar. No sé de ningún gato que se sintiera avergonzado por no haber conseguido atrapar a un ratón. El gato aprende sin lamentarse por el ratón perdido. Los antílopes, los osos, las hormigas y las ballenas no parecen tener tampoco conflictos internos. Los periquitos y las serpientes no tienen, al parecer crisis de identidad.
Soy solo yo, uno, Ramiro… (bueh... algunos me llaman Ra, Ram, Rami, Rama, RELo, flaco, amigo, pero posta posta, soy solo uno) y si fuera otro y me conociera
probablemente me elegiría, pero debo aceptar que otros no me elijan, que gusten
de otros Ramiros, otros colores, de otras sonrisas que por ser solo yo, lógicamente no tengo,
tengo dos o tres, pero no todas (claro, justo pongo un ejemplo con sonrisas yo
¬¬). No es una competencia de quien es el más elegido para que… ¿o sí?
Y eso, quiero aprender (y compartirles la idea y mis ganas de aprender) a estar porque me gusta y aceptar que
no siempre hace falta que esté y eso no significa que valgo menos. Me elijan o
no puedo ser un Ramiro completo. Y claro… cada uno de ustedes también puede ser
su “ud mismo” sin pensar tanto, sin sufrir por el imaginario que CREEMOS que
los demás necesitan, quieren, desean. Demos lo máximo de nosotros, no porque
alguien lo pida, sino porque nos gusta darlo y porque hacerlo es parte de ser
nosotros según nosotros. ¿Sale?
REL