Dicen que no hay que tomar decisiones en “caliente”, cuando
las circunstancias nos llenan de emociones que pueden guiarnos hacia falsos
positivos o falsos negativos a la hora de sustentar las palabras que estamos
por decir, la obra que estamos por llevar adelante… etc… quizás me arrepienta
de haber abierto este documento en blanco y haber empezado a tipear… como sea,
si lo está leyendo significa que es tarde para eso.
Hace un tiempo que quiero escribir algo (es curioso como
muchas de mis entradas empiezan así). A esta altura está claro que lo de
escritor, al menos en cuestiones de disciplina, no se me da.
Hoy es algo así como un día triste para mí, pero dicho así
suena totalmente relativo, lo es. En este último tiempo, he tratado de cambiar
mi forma de hablar de la tristeza, haciéndome cargo. Hoy elijo estar triste
parece ser una expresión más acertada para el caso.
No creo que tenga sentido que les cuente porque decido estar
bajoneado, todos tenemos nuestras cosas, hay gente que estaría feliz de poder
estar triste solo por las cosas que me pasan a mí y no por cosas que en algún
plano parecerían más trascendentales como resguardarse de la lluvia, buscar que
comer, comprar pañales o juntar para pagar las deudas… con el tiempo aprendí
que no hay batallas pequeñas o grandes, sino más bien soldados con más o menos
ganas de pelear y ojo al piojo, pelear no siempre es la solución, en mi opinión.
Dicho esto, la idea que me venía dando vueltas en la cabeza
desde hace unos días es la de “think out of the box” (si, a veces pienso en inglés).
El famoso “no es lo que parece” que en esta vuelta, lo mezclo un poco con esos
otros famosos “mirar el lado bueno” o el viejo cuento del “vaso medio lleno,
medio vacío”. Y quería escribir un poco lo que pienso al respecto, contar una
que otra historia de mi niñez que tendría alguna relación y ver que sale.
Muchas veces en mi vida (perdón, a veces hablo como si
tuviera 80 años, no es así) traté de buscarle explicaciones “alternativas” a
cosas que parecían tener solo una. Noté que en varias ocasiones nos dejamos
llevar por nuestras primeras interpretaciones, que a veces parecen haber sido
programadas genéticamente, y tomamos decisiones, emitimos opiniones, hacemos
juicios.
Muchas, pero muchas veces, amigos míos vinieron a contarme
que estaban enojados con fulano o sutano por tal situación y a veces terminaban
enojados conmigo porque les ofrecía un panorama en donde las razones de su
enojo no parecían tan convincentes… un escenario en donde fulano o sutano
podían también, tener razón. Algunos de esos amigos me han reprochado esta actitud
mía, otros optaron por dejar de contarme cosas. Yo también me la reproché en ocasiones
y crean o no, trabajo en encontrar el equilibrio, el punto en donde esta
costumbre que adquirí en mis NO 80 años, es una herramienta útil (porque creo
que puede serlo).
Cuando era pequeño, uno de mis mejores amigos empezó lo que
sería una creciente y larga carrera en el ajedrez enseñándome mucho de lo que
hoy sé de ese deporte. Todos los días llevaba su tablero y sus piezas a la
escuela y se dedicaba a darnos sendas palizas a mí y otro compañero en los
recreos y horas libres.
Era chico así que me molestaba perder, pero parecía que
hiciera lo que hiciera él estaba un par de jugadas adelante. Inevitablemente
comencé a mejorar, aunque para eso tuve que hacer un cambio en mi manera de
pensar (en ese momento no me di cuenta). Comencé a prestarle atención al juego,
lo que antes era “si yo como ese peón, él me come el mío” paso a ser “Si come
mi peón, ¿qué moveré yo? ¿Y si no lo come?”.
Para ser mas claros, por ejemplo, hay una situación en el
ajedrez que se llama “doblete”. En esta circunstancia una pieza del rival amenaza
a dos piezas nuestras y nos toca elegir cual salvar. En un caso peor, si una de
las piezas amenazadas es el rey, ni siquiera se puede elegir, hay que salvarlo
y la otra pieza estaría teóricamente perdida (claro, lo de “peor” es subjetivo).
Mi amigo era especialmente bueno para conseguir dobletes y
después de muchas piezas perdidas, me di cuenta de que había una forma diferente
de interpretar lo que parecía una situación adversa y humillante, además.
Porque si bien era casi seguro que perdería una pieza, yo tenía cierto control
sobre mi amigo, conocía su próximo movimiento y eso me permitía a mi, con mi
escasa habilidad, dos movimientos para planear algo, el primero, el movimiento
que debería usar para salvar una de mis piezas y el segundo, el movimiento que
le seguiría al de mi amigo cuando él se dé el gusto de quitarme una torre o mi
dama (casi siempre eran esas las piezas en cuestión). No puedo alardear de que
le gané partidas magistrales en donde él tomaba mi dama y yo le daba jaque mate
en dos movimientos, pero lo importante de la anécdota es que pensé fuera de la
caja.
Esa caja que señala que todo está perdido, que mueva lo que
mueva, mi amigo me quitará una pieza importante, y quien sabe que maldades hará
después… la caja que nos enceguece, nos acota, nos pone límites… ¿nos pone? ¿o
nos los ponemos?
Considero que sería interesante preguntarnos a nosotros
mismos si estamos dentro de la caja, si existe un afuera y sobre todo, donde
queremos estar y que queremos hacer. Porque aun conociendo el dentro y fuera y
asumiendo que “tenemos razón” al optar por una u otra cosa ¿Es ahí donde
queremos estar? ¿Es todo lo que queremos hacer?
¿Perdí una pieza o gané un movimiento? ¿Llueve y el día está
horrible o es un día ideal para recordar lo divertido de saltar en los charcos/para
la siesta/para la música melanco/para cucharear? ¿Esa persona es una idiota o
quiero reconciliarme con él/ella? ¿Mis certezas y mi orgullo o una amistad?
¿Perdí o aprendí algo? ¿Fallé o descarté otra forma más para llegar al éxito?
¿Todo esto es muy fácil de decir o le tengo miedo a la oportunidad que implica?
Les recomiendo (sin ser experto), practicar pensar fuera de la caja.
REL
No hay comentarios:
Publicar un comentario